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EL TERROR DE VILLA MONTES

5:42 p.m.
Autor: Waldo Mauricio Alcon* La decisión que tomé fue elegante de mi parte, en cuanto al servicio militar obligatorio, hasta el destino que conseguimos del departamento de La Paz a la ciudad de Villa Montes Tarija(donde participaron nuestros antepasados en la Guerra de Chaco), que fuimos persuadidos por los instructores militares y las recomendaciones que nos vertieron eran muy contundentes y llamativos, pero a la vez, los momentos que pasamos fue un infierno, terror y de llanto; las realidades  que uno no podría olvidar con el pasar de los tiempos, además al pasar una institución militar, tiempos que pasábamos llevando la instrucción militar; llorando, riendo, hambreando y a veces recordando cosas que hicimos en el pasado hasta lo que hacíamos renegar a nuestros padres toda las desobediencias realizadas durante la juventud, además hasta recordábamos lo que nos disgustábamos con las chicas del colegio, los recuerdos que hemos llevado fueron diverso en el transcurso del servicio militar en donde  se llevo la guerra de chaco frontera a la república de Paraguay.
Cuando fue a prestar mi servicio militar obligatorio, en el departamento de Tarija en la ciudad de Villa Montes provincia Gran Chaco primera sección Villa Montes, era un lugar que comprendía diversidad de floras y faunas, la región era muy cálida. Alrededor del cuartel no se observaban cerros ni montañas si no estaba lleno de árboles, en este lugar se sentía un  calor fuerte y además con la presencia del famoso mariwi (mosquitos que pican al cuerpo). Por lo tanto el comandante del cuartel Teniente Coronel Juan Carlos Santos Gómez del “Grupo Aéreo Táctico 63”, los conscriptos fuimos recibidos con un acto contundente por la institución militar de una apariencia muy atractiva y aplaudida con la presencia de los soldados de la respectiva unidad militar.
El comandante bigotón del “Grupo Aéreo Táctico 63”, después de la llegada a esta unidad de infierno nos dio dos semanas de ambientación. En este tiempo, realizamos actividades recreativas; jugar, cantar, reír, sociodrama y otras  actividades que tenían el carácter de ambientación, en la parte de la alimentación tuvimos desayuno en la mañana, almuerzo a medio día, y cena en la noche; el desayuno de la mañana era una tasa de mate con dos panes amasados con el pie y hecho en el horno con leña del monte traído con sudor, el almuerzo del batallón que nos servían comprendía papa, carne, harina amarilla de maíz y algunas verduras, pero, éstos  insumos eran de poca cantidad, a la vez el primer plato fue lawa más espeso y el segundo plato también fue lawa pero un poco más seco, y la cena era un plato de lawa.
Por entonces cuando llegamos a este lugar de infierno nos dotaron uniformes muy usados como si alguien hubiese destrozado intencionalmente; totalmente destrozados, morral (mochila), plato, caneco (tasa), y cuchara. Por otra parte, fuimos proporcionados indumentarias para dormir en el pabellón de llanto que todos llevábamos todo los días el chocolate; catre, collcha (frazada), sabanas, cubrecamas, colchón agujero, mosqueteros rotos, almohada, por lo cual estas dotaciones estaban en un estado inadecuado para su uso cotidiano, estas indumentarias eran una miseria para el soldado  boliviano que algunos de mis camaradas extrañaban mucho hasta se mataban de risa porque nunca ellos vivieron en esas circunstancias así ellos lo mencionaban, todo los conscriptos tenían la obligación de costurar todas las indumentarias durante la semana de ambientación, todos estos arreglos que realizábamos en los uniformes nos servían para llevar la instrucción militar en el monte de infierno, algunos de los soldados no costuraban porque estaban demasiado desechos y terminaba con estas indumentarias usando como trapos de limpieza en el pabellón y otros quemaban escondían ,pero, reemplazando con otras prendas que fueron adquiridos de los diablos del cuartel.
Por las tardes en este lugar denominado infierno de los diablos locos nos llevaban al monte a sacar leña y cuando ingresábamos  al lugar teníamos que agarrarnos de la mano y tener mucho cuidado, que no debíamos alejarnos entre nosotros para no perdernos en el monte y no dispersarse a lugares lejanos porque se escuchaba ruidos extraños de los animales y daba temblor al escuchar de no ver los cerros ni montañas. Además, durante el tiempo de ambientación nos enseñaron a carpir (podar el pasto) con el machete, pero, para aquellos que no sabíamos realizar ésta actividad era difícil, además en especial para los hijitos de mamá y en pleno sol del día y cayendo el sudor del cuerpo, practicar este trabajo día a día pues es un martirio, mucho de mis camaradas de este infierno disertaron y desaparecieron por estas circunstancias.
Algunos se borraron en la carretera y a los demás les descubrieron en la trayectoria de la vía, y al descubrirlos a los conscriptos fueron encerrados en el calabozo durante un día y una noche sin comer y los demás de día llevábamos el infierno y trabajando sin descansar por culpa de los rebeldes y de noche era el peor de los peores infiernos porque dormíamos parados y rezando cada dos horas para que no vuelva a suceder estas anormalidades.
Por otro lado en esta unidad militar fue  un terror el hambre porque no se podía llenar nuestros apetitos con nada y a causa de esta necesidad teníamos que alimentarnos de hierbas dulces que se encontraban alrededor del cuartel porque no era suficiente el rancho también fue  el motivo de la deserción, además no se podía encontrar agua fría sino el líquido es tibio éste se extrañaba al no percibir agua fría, como hace tanto calor se necesitaba líquido frío, fue extraño, en el momento cuando llovía las gotas del cielo caían como se fuera agua templado. Durante el día y la noche se urgía ducharse por lo menos cuatro a cinco veces al día, además a medio día fue un caos total  en el momento de almorzar porque el sudor cae como agua y chorreaba todo el cuerpo a la vez hasta nuestros toallas mojadas y las vestimentas.
Otro claustro fue los mariwis (o llamado sancudos) porque era insoportable te picaban todo los momentos cuando pasábamos las instrucciones militares, además fue terrible en el momento de castigo porque no tenias que moverte por órdenes del instructor y los sancudos te picaban a todo dar  y tu cuerpo aparecía lleno puntito rojos por la picadura de estos bichos, estas moscas eran insoportable como en las mañanas y en las tardes.
Por lo tanto en las noches también te molestaban si en caso no duermes con tu mosquetero  y aparecías con ronchas grandes en tu cuerpo, además en el monte cuando aparece miel de las abejas es muy peligrosa porque te atacan y todo tu cuerpo aparece  bien hinchado, cuando te pica de la cara hasta tu ojo desparece por el hinchazón, éste sucede cuando alguien destruye la colmena de las abejas para sacar su miel, entonces para sacar su miel hay que quemar leña  para generar humo en abundancia para hacer marear a las abejas, estés bichos   al ver el humo escapan entonces se procede a destrozar la colmena de las abejas y proporcionarnos de miel para el desayuno, algunas veces utilizábamos como azúcar  para preparar refresco porque daba mucha sed y otros vendían a los demás que no tenían.
Recuerdos muy misteriosos en las instrucciones que pasábamos eran lugares donde murieron y se enterraron nuestros antepasados en la Guerra de Chaco,  aparecían huesos humanos cascos, pero, más consecuente estos objetos   aparecían en el monte, por donde estaba el polígono era terrible porque no se podía disparar se trancaba el fusil intencionalmente a causa de esto se llevaba el jaripe (castigo) de infierno al ver que no podíamos disparar el instructor hacia la prohíba lo mismo sucedía para el instructor se trancaba el arma por eso se evidenciaba que era un lugar de terror a la vez a todos nosotros nos llegaba sueño en éste lugar cuando íbamos a disparar , además, en las noches se escuchaba como  estarían hablando personas y ruidos contundentes  que a uno le asustaba y le atemorizaba a los conscriptos.
Pero en aquella noche en el comedor uno de mis camaradas que se llamaba (loco) escucho personas hablando en el lugar y él sintió  que le estaban llamando por su chapa, pero, al oír su nombre obedeció y fue al lugar mencionado y él apareció muerto  en el comedor esa  noche, también visibilizamos en el cuartel en el sector norte de la cancha entrando al monte yendo por una senda pequeño por el tiempo que pasó la Guerra de Chaco se encontraba un tanque oxidado que alrededor de este equipo se escuchaba y se sentía  un ruido como se estaría funcionando y se percibía imaginaciones de disparo en el monte. Cuando uno iba a observar éste, la noche siguiente no se podía dormir   te dejaba traumado y pensativo en tu oreja te llegaba imaginaciones como se escucharas ruidos y bombardeos  como se estuviéramos   en guerra te dejaba con una mentalidad muy pensativa no era fácil olvidar estos pensamientos irreales se quedaban muchos días en nuestras mentes. Así fue los recuerdos tan bellos e  inolvidables, que quedaron enraizados en nuestra  mentalidad del vivir cotidiano, en la institución militar aprendemos a valorar y mejorar los conocimientos y conocer la realidad de la vida social y ser responsables para que algún día seamos útiles a la patria y debemos ser servidores de la sociedad, no debemos cometer errores anteriores, tratar con amabilidad, con cariño, con franqueza, con respeto  a nuestros semejantes que nos rodean en cada rincón del país y además ser generoso en especial con las damas a la vez llevar en  alto la equidad de género en el contexto social nuestros semejantes que nos rodean.
*Estudiante de Lingüística de la Universidad Indígena Tawantinsuyo


EL HOMBRE Y LA TORTUGA GIGANTE

6:46 p.m.

AUTOR: MARTHA CHURA MAMANI
Había una vez un hombre que vivía en la ciudad de La Paz, y estaba muy contento porque era sano y trabajador. Pero un día se en­fermó, y los médicos le dijeron que solamente yéndose al campo podría curarse. Él no quería ir, porque tenía hermanos chicos a quienes daba de comer; y se enfermaba cada día más. Hasta que un amigo suyo, que era director del Zooló­gico, le dijo un día:
—Usted es amigo mío, y es un hombre bueno y trabajador. Por eso quiero que se vaya a vivir al, monte, a hacer mucho ejercicio al aire libre para curarse. Y como usted tiene mucha puntería con la escopeta, cace bichos del monte para traerme los cueros, y yo le daré plata adelantada para que sus hermanitos puedan comer bien.
El hombre enfermo aceptó, y se fue a vivir al monte, lejos, más lejos que Misiones todavía. Hacía allá mucho calor, y eso le hacía bien.
Vivía solo en el bosque, y él mismo se coci­naba. Comía pájaros y bichos del monte, que cazaba con la escopeta, y después comía frutas. Dormía bajo los árboles, y cuando hacía mal tiempo construía en cinco minutos una ramada con hojas de palmera, y allí pasaba sentado y fumando, muy contento en medio del bosque que bramaba con el viento y la lluvia.
Había hecho un atado con los cueros de los animales, y lo llevaba al hombro. Había tam­bién agarrado, vivas, muchas víboras venenosas, y las llevaba dentro de un gran mate, porque allá hay mates tan grandes como una lata de querosene.
El hombre tenía otra vez buen color, estaba fuerte y tenía apetito. Precisamente un día en que tenía mucha hambre, porque hacía dos días que no cazaba nada, vio a la orilla de una gran i   laguna un tigre enorme que quería comer una tortuga, y la ponía parada de canto para me­ter dentro una pata y sacar la carne con las uñas. Al ver al hombre el tigre lanzó un ru­gido espantoso y se lanzó de un salto sobre él. Pero el cazador, que tenía una gran puntería, le apuntó entre los dos ojos, y le rompió la cabeza. Después le sacó el cuero, tan grande que él solo podría servir de alfombra para un cuarto.
—Ahora —se dijo el hombre— voy a comer tortuga, que es una carne muy rica.
Pero cuando se acercó a la tortuga, vio que estaba ya herida, y tenía la cabeza casi separada del cuello, y la cabeza colgaba casi de dos o tres hilos de carne.
A pesar del hambre que sentía, el hombre tuvo lástima de la pobre tortuga, y la llevó arrastrando con una soga hasta su ramada y le vendó la cabeza con tiras de género que sacó de su camisa, porque no tenía más que una sola camisa, y no tenía trapos. La había lle­vado arrastrando porque la tortuga era inmen­sa, tan alta como una-silla, y pesaba como un hombre.
La tortuga quedó arrimada a un rincón, y allí pasó días y días sin moverse.
El hombre la curaba todos los días, y des­pués le daba golpecitos con la mano sobre el lomo.
La tortuga sanó por fin. Pero entonces fue el hombre quien se enfermó. Tuvo fiebre y le dolía todo el cuerpo.
Después no pudo levantarse más. La fiebre aumentaba siempre, y la garganta le quemaba de tanta sed. El hombre comprendió que estaba gravemente enfermo, y habló en voz alta, aun­que estaba solo, porque tenía mucha liebre.
—Voy a morir —dijo el hombre—. Estoy solo, ya no puedo levantarme más, y no tengo quién me dé agua, siquiera. Voy a morir aquí de ham­bre y de sed.
Y al poco rato la fiebre subió más aún, V perdió el conocimiento.
Pero la tortuga lo había oído, y entendió lo que el cazador decía. Y ella pensó entonces:
—El hombre no me comió la otra vez, aun­que tenía mucha hambre, y me curó. Yo lo voy a curar a él ahora.
Fue entonces a la laguna, buscó una cascara de tortuga chiquita, y después de limpiarla bien con arena y ceniza la llenó de agua y le dio de beber al hombre, que estaba tendido sobre su manta y se moría de sed. Se puso a buscar en seguida raíces ricas y yuyitos tiernos, que le llevó al hombre para que comiera. El hombre comía sin darse cuenta de quién le daba la comida, porque tenía delirio con la fiebre y no conocía a nadie.
Todas las mañanas, la tortuga recorría el monte buscando raíces cada vez más ricas para darle al hombre, y sentía no poder subirse a los árboles para llevarle frutas.
El cazador comió así días y días sin saber quién le daba la comida, y un día recobró el conocimiento. Miró a todos lados, y vio que estaba solo, pues allí no había más que él y la tortuga, que era un animal.  Y dijo otra vez en voz alta:
—Estoy sólo en el bosque,, la fiebre va a volver de nuevo, y voy a morir aquí, porque solamente en la ciudad de La Paz  hay remedios para cu­rarme. Pero nunca podré ir, y voy a morir aquí.
Y como él lo había dicho, la fiebre volvió esa tarde, más fuerte que antes, y perdió de nuevo el conocimiento.
Pero también esta vez la tortuga lo había oído, y se dijo:
—Si queda aquí en el monte se va a morir, porque no hay remedios, y tengo que llevarlo a la ciudad de La Paz.
Dicho esto, cortó enredaderas finas y fuertes, que son como piolas, acostó con mucho cuidado al hombre encima de su lomo, y lo sujetó bien con las enredaderas para que no se cayese. Hizo muchas pruebas para acomodar bien la escopeta, los cueros y el mate con víboras, y al fin con­siguió lo que quería, sin molestar al cazador, y emprendió entonces el viaje.  La tortuga, cargada así, caminó, caminó y caminó de día y de noche. Atravesó montes, campos, cruzó a nado ríos de una legua de ancho, y atravesó pantanos en que quedaba casi ente­rrada, siempre con el hombre moribundo encima. Después de ocho o diez horas de caminar se de­tenía, deshacía los nudos y acostaba al hombre con mucho cuidado en un lugar donde hubiera pasto bien seco.
Iba entonces a buscar agua y raíces tiernas, y le daba al hombre enfermo. Ella comía tam­bién, aunque estaba tan cansada que prefería dormir.
A veces tenía que caminar al sol; y como era verano, el cazador tenía tanta fiebre que deli­raba y se moría de sed. Gritaba: ¡agua!, ¡agua! a cada rato. Y cada vez la tortuga tenía que darles de beber.
Así anduvo días y días, semana, tras semana. Cada vez estaban más cerca de la ciudad de La Paz, pero también cada día la tortuga se iba debili­tando, cada día tenía menos fuerza, aunque ella no se quejaba. A veces quedaba tendida, comple­tamente sin fuerzas, y el hombre recobraba a medias el conocimiento. Y decía, en voz alta:
—Voy a morir, estoy cada vez más enfermo, y sólo en la ciudad de La Paz me podría curar. Pero voy a morir aquí, solo en el monte.
El creía que estaba siempre en la ramada, porque no se daba cuenta de nada. La tortuga se levantaba entonces, y emprendía de nuevo el camino.
Pero llegó un día, un atardecer, en que la pobre tortuga no pudo más. Había llegado al límite de sus fuerzas, y no podía más. No había comido desde hacía una semana para llegar más pronto. No tenía más fuerza para nada.
Cuando cayó del todo la noche, vio una luz lejana en el horizonte, un resplandor que iluminaba el cielo, y no supo qué era. Se sentía cada vez más débil, y cerró entonces los ojos para morir junto con el calador, pensando con tristeza que no había podido salvar al hombre que había sido bueno con ella.                                                    
Y, sin embargo, estaba ya en la ciudad de La Paz, y ella no lo sabía. Aquella luz que veía en el cielo era el resplandor de la ciudad, e iba a morir cuando estaba ya al fin de su heroico viaje.
Pero un ratón de la ciudad —posiblemente el ratoncito Pérez— encontró a los dos viajeros moribundos.
— ¡Qué tortuga! —dijo el ratón—. Nunca he visto una tortuga tan grande. ¿Y eso que llevas en el lomo, qué es? ¿Es leña?
No, le respondió con tristeza la tortuga Es un hombre.
¿Y dónde vas con ese hombre? —añadió el curioso ratón.
Voy. .. voy... Quería ir la ciudad de La Paz respondió la pobre tortuga en una voz tan baja que apenas se oía<—. Pero vamos a morir aquí porque nunca llegaré. ..
— ¡Ah, zonza, zonza! —dijo riendo el raton­cito—. ¡Nunca vi una tortuga más zonza! ¡Si ya has llegado a la ciudad de La Paz ! Esa luz que ves allá, es la ciudad de La Paz.
Al oír esto, la tortuga se sintió con una fuerza inmensa porque aún tenía tiempo de salvar al cazador, y emprendió la marcha.
Y     cuando era de madrugada todavía, el di­rector del Jardín Zoológico vio llegar a una tortuga embarrada y sumamente flaca, que traía acostado en su lomo y atado con enredaderas, para que no se cayera, a un hombre que se estaba muriendo. El director reconoció a su amigo, y él mismo fue corriendo a buscar remedios, con los que el cazador se curó en seguida.
Cuando el cazador supo cómo lo había sal­vado la tortuga, cómo había hecho un viaje de trescientas leguas para que tomara remedios no quiso separarse más de ella. Y como él no podía tenerla en su casa que era muy chica, el director del Zoológico se comprometió a tenerla en el Jardín, y a cuidarla como si fuera su propia hija.
Y     así pasó. La tortuga, feliz y contenta con el cariño que le tienen, pasea por todo el jardín, y es la misma gran tortuga que vemos todos los  15 ­días comiendo el pastito alrededor de las jaulas de los monos.
El  cazador la va a ver todas las tardes y ella conoce desde lejos a su amigo, por los pasos. Pasan un par de horas juntos,  y ella no quiere nunca que él se vaya sin que le dé una palmadita de cariño en el lomo.


EL LLAMADO DEL CÓNDOR

6:44 p.m.

AUTOR: CELEDONIA QUEZO TUCO
 Un día el señor cóndor, en lo alto de un cerro nevado, se puso a llamar en voz alta a todos los animales del lugar, diciéndoles:
- Todos vengan aquí, va a haber una prueba, ¡vengan, vengaaan!.
Escuchando eso, aquellos animales que lograron oír el llamado del cóndor, se dirigieron al lugar indicado.
Se presentaron los ratones, los burritos, los cerdos, las ovejas, el zorro, los conejos del campo, la chhuqa, los loritos, el águila, las wallatas, Casi todos los animales estaban presentes, formando un conglomerado, para poder enterarse de qué se trataba dicho llamado.
Uno de los del grupo, el ave liqi liqi asustado exclamo:
-       ¡Que pasa!, ¿Por qué nos están llamando a todos?
Al mismo tiempo los loritos contestaron:
-       Dicen que va a haber una prueba entre el khullu, el gallo y el liqi liqi.
El gallo, el liqi liqi y el khullu y otros estaban presentes allá donde el señor cóndor los esperaba. El Mallku – como
-       Silencio, escuchen lo que voy a decir:
-       El gallo, el liqi liqi y el khullu, que estaban viviendo lejos de los humanos, ahora quieren vivir junto a ellos, compartir sus actividades diarias así como su vida festiva. No sólo eso, sino que quieren dar la voz de anuncio del amanecer.
-       Eso es lo que quieren ellos. Para esto -indica el señor Cóndor:- propongo la siguiente prueba:
-       Los que quieran cumplir este anhelo de vivir con los humanos, deberán despertarse muy de mañana y cantar en voz alta anunciando la hora del inicio de una nueva jornada de trabajo.
Una vez hecha esta indicación, el cóndor se retiró, en majestuoso vuelo, con las alas extendidas, en dirección a su nido.
Al día siguiente el cóndor vio que el liqi liqi se quedó dormido, sin poder cumplir con la prueba y faltando a su palabra. El señor cóndor viendo la falta de voluntad de esta ave, se enojó muchísimo y vociferó:
-       De la cabeza lo pisaré para que sepa ese liqi liqi quién soy yo.
Una vez que se encontraron ambos, frente a frente, el liqi liqi le dijo al cóndor:
-        ¡Ay¡ hoy me dormí, pero mañana cumpliré.
Pero el cóndor, furioso, frunciendo el ceño dijo:
-   - ¡Lo que se habla se debe cumplir!.
Ese mismo día el khullu tampoco cantó, pues lo mismo que el liqi liqi, se había dormido. Furioso el señor cóndor dijo:
-       Se me está burlando este khullu, ahora vera lo que le pasara, ahora conocerá mmm.
Volando el condor hacia el nido del khullu lo encontró dormido , y le dijo:
Quién crees que soy yo para burlarte así, mmm. El khullu respondió aún dormido:
-       Acaso es hoy día. ¡Ah! no sabía. En otra ¿yaaa?.
Aún presa de la rabia por lo sucedido, y pensando que el gallo caería en la misma negligencia que sus congéneres, el cóndor esperó impaciente al gallo, el que muy de mañana empezó a cacarear y a despertar a todos con su canto habitual.
Kiquiriki Kiquiriki.
Entonces el señor cóndor escuchándolo dijo así:
-  Como tú has cumplido con tu palabra, serás el único que viva con la gente. Escuchando estas palabras el gallo orgulloso sacó su pecho, extendió sus dos alas y dando un brinco dijo:
-  ¡Que viva!, ¡Que viva!... Desde hoy, siempre me despertaré al alba.
Una vez tomada la decisión de quién viviría junto con los humanos, el señor cóndor les habló al liqi Liqi y al khullu diciéndoles:
-       Ustedes vivirán en la pampa desolada y en medio del lago por flojos, dormilones y por no saber cumplir su palabra. Y añadió: - Sólo el gallo vivirá con los humanos, porque él pasó la prueba, madrugó y canto.
Diciendo esto el cóndor, levantó vuelo y se alejó hacia las alturas.

MENSAJE:
 El cuento "El llamado del Cóndor" es una manera didáctica e ilustrativa de mostrarnos que, dentro la concepción andina las palabras se cumplen Por otro lado, el ser flojo y dormilón implica en esta cosmovisión, una sanción que nos remite a la valoración del q'apha wayna que significa "hombre ágil", virtud muy apreciada por los abuelos aymarás.
Las principales reflexiones que entraña este cuento, son las de que se debe cumplir con el compromiso verbal - el relato oral es siempre una acción didáctica- y también de que es preciso convivir armónicamente entre todos los que vivimos en esta tierra, sean hombre o animales.


BIOGRAFÍA DE EDUARDO GALEANO

9:25 p.m.
Eduardo Germán Hughes Galeano, nace en Montevideo el 3 de septiembre de 1940. En él conviven el periodismo, el ensayo y la narrativa, siendo ante todo un cronista de su tiempo, certero y valiente, que ha retratado con agudeza la sociedad contemporánea, penetrando en sus lacras y en sus fantasmas cotidianos. Lo periodístico vertebra su obra de manera prioritaria. De tal modo que no es posible escindir su labor literaria de su faceta como periodista comprometido.

A los 14 años entró en el mundo del periodismo, publicando dibujos que firmaba "Gius", por la dificultosa pronunciación castellana de su primer apellido. Algún tiempo después empezó a publicar artículos. Se firmó Galeano y así se le conoce. Ha hecho de todo: fue mensajero y dibujante, peón en una fábrica de insecticidas, cobrador, taquígrafo, cajero de banco, diagramador, editor y peregrino por los caminos de América.

En sus inicios fue redactor jefe de la prestigiosa revista Marcha (1960-64), publicación que durante décadas dio cobijo a las voces más interesantes de las letras uruguayas y que terminó siendo silenciada en 1974 por la dictadura. En el año 1964 Galeano es director del diario Época. En 1973 Galeano tuvo que exiliarse a Argentina en donde funda y dirige una revista literaria titulada Crisis, en la que también destaca la labor del poeta Juan Gelman. En 1975 se instala en España, encontrando un país que estaba a punto de dar un salto histórico cualitativo, con el octogenario dictador como sombra de sí mismo. Reside en Calella, al norte de Barcelona. Publica en revistas españolas y colabora con una radio alemana y un canal de televisión mexicano.

Sus primeros escritos son reportajes de corte político en los que la realidad aparece continuamente golpeada por las circunstancias. Tanto el reportaje titulado "China" (1964) como "Crónica de un desafío", del mismo año, o "Guatemala, un país ocupado" (1967) reflejan una escritura de urgencia, de denuncia, que retrata la cotidianeidad de unos tiempos difíciles con una escritura situada siempre en primera línea de los hechos que vertebran el presente. Con "Las venas abiertas de América latina" (1971), explicativo título, logró su obra más popular y citada, condenando la opresión de un continente a través de páginas brutalmente esclarecedoras que se sumergen en la amargura creciente y endémica de América Latina. Esta obra ha sido traducida a dieciocho idiomas y mereció encendidos elogios desde diversos sectores. El escritor alemán Heinrich Böll, Premio Nobel de Literatura en 1972 y autor de "Opiniones de un payaso", obra clave de la literatura contemporánea, llegó a decir a propósito de la obra de Galeano que pocas obras en los últimos tiempos le habían conmovido tanto.

Junto al Galeano periodista empieza a aparecer el Galeano narrador que prolonga en sus obras su visión de América Latina. De la novela corta "Los días siguientes" (1963) a los relatos contenidos en "Vagamundo" (1973) pasan diez años pero se mantiene una misma percepción de las cosas, continuada en "La canción de nosotros" que merecío el premio Casa de las Américas de 1975. En Galeano el contexto político y social no puede eludirse y es el marco central en el que transitan sus historias. "Días y noches de amor y de guerra" (1978) se enmarca en los difíciles días de la dictadura en Argentina y Uruguay.

 Con la "Memoria del fuego" hay una recuperación del pasado indigenista. Esta obra narra la odisea de las dos Américas, centrándose en los hechos más cotidianos, componiendo una trilogía febril e incisiva, apoyada en la rigurosidad de las fuentes y en la que se entrecruzan crónicas históricas con pinceladas del presente, siempre en busca de un futuro más justo. De aquella trilogía histórica formaban parte "Los nacimientos" (1982), "Las caras y las máscaras" (1984) y "El siglo del viento" (1986). En los tres libros hay un mismo objetivo y como dice el periodista italiano Gianni Miná, una voz incisiva y militante que trata de impedir que se olvide la tragedia que asola a quienes viven en el más completo subdesarrollo.

"La memoria del fuego" está estructurada en torno a pequeñas vivencias cotidianas que es en donde encuentra Galeano la verdadera grandeza del ser humano. La intrahistoria es el universo en el que caminan las obras del escritor uruguayo, al margen de grandes gestas y de sucesos grandilocuentes, que se apartan del hombre de a pie y del verdadero devenir de los acontecimientos históricos. Son, en palabras de Galeano, historias pequeñas, pero no minimalistas.

Joan Manuel Serrat toma prestado un fragmento de una de estas historias de la "Memoria del fuego" para ilustrar a modo de presentación en sus recitales el tema "Che Pykasumi", que el cantautor interpreta en lengua guaraní.

Un año antes de la publicación de "El siglo del viento" y una vez terminada la dictadura uruguaya regresa a Montevideo. Tres años después firma "El libro de los abrazos", de contenido más sutil y poético. El propio Galeano definiría de este modo la raíz de esta obra: "Creo que un autor al escribir abraza a los demás. Y éste es un libro sobre los vínculos con los demás, los nexos que la memoria ha conservado, vínculos de amor, solidaridad. Historias verdaderas vividas por mí y por mis amigos, y como mi memoria está llena de tantas personas, es al mismo tiempo un libro de "muchos"... Es un equívoco que ha fragmentado los lazos de solidaridad, que ha condenado a este mundo de finales de siglo a tener hambre de abrazos, a padecer de soledad, el peor tipo de soledad: la soledad en compañía. Es el mismo proceso que se manifiesta con la pobreza".

Precisamente en "El libro de los abrazos", uno de los libros más exitosos y logrados de Galeano, está contenido un pequeño relato titulado "La noche". Este relato dividido en cuatro partes sirvió de inspiración a Serrat para su canción "Secreta mujer" que formó parte del álbum "Sombras de la China" (1998):
El mismo año de "El libro de los abrazos" aparece "Nosotros decimos no". En 1992 publica "Ser como ellos y otros artículos" y un año después "Las palabras andantes", recopilación de cuentos y reflexiones ilustrados por el artista brasileño José Francisco Borges. El propósito de Galeano en los 90 sigue siendo el mismo que le había impulsado en las otras décadas. Palpar la realidad y luego derramarla en un libro. Como respiro, muestra su pasión por el fútbol y lo reivindica desde la literatura, al modo que también hará Javier Marías, en un libro titulado "El fútbol a sol y sombra".

En 1998 Galeano ofrece en "Patas arriba. La escuela del mundo al revés", otro de esos libros de denuncia que no edulcoran el presente ni rehuyen de sus sombras. Es por tanto Galeano un ejemplo de coherencia en una obra que sirve siempre de guía a la hora de definir un continente como el de América Latina que debe seguir cerrando heridas. La voz de Galeano suena clara en el marasmo de intereses e injusticias cotidianas. Más allá de una obra literariamente sólida, está la figura del cronista que persigue injusticias, que conjura temores, que rescata del abismo personajes e historias postergadas.

La obra de Eduardo Galeano nos convoca a mirar qué pasado hemos levantado y qué futuro estamos dejando para nuestros descendientes. Establece un frente común contra la pobreza, la miseria moral y material, la hipocresía de un mundo que sigue abriendo cada vez más distancias entre los que tienen y los que no tienen. Lo demagógico puede ser un riesgo inevitable en este tipo de propuestas, pero Galeano la salva con un estilo conciso, brillante y, sobre todas las cosas, necesario. En Eduardo Galeano hay un compromiso constante con el ser humano y sobre todo una fidelidad a unas ideas que condenan el neoliberalismo y que siguen apostando por un socialismo real, no de andar por casa, y que de alguna forma recupere el pulso perdido, lejos del presente en el que el hombre es visto como una mercancía y en el que parece que no hay lugar para las utopías.

Eduardo Galeano reside desde 1985, -tras finalizar la dictadura uruguaya-, en su Montevideo natal donde sigue haciendo su literatura y su periodismo de marcado tinte político.


 
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